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Efemérides

El Legado Inmortal del Libertador: A 176 años del paso a la inmortalidad del General José de San Martín

Cada 17 de agosto, Argentina y toda Sudamérica rinden homenaje al "Padre de la Patria". Más allá de la colosal proeza militar que significó el cruce de los Andes y la liberación de tres naciones, la figura de José de San Martín se agiganta con el paso del tiempo por su inquebrantable grandeza moral, su rotundo rechazo al poder político y su visión pionera de una América unida, soberana y libre de cadenas.

José de San Martín Padre de la Patria Boulogne-sur-Mer Francia
Foto de Bruno Schenone
Por Bruno Schenone
17 Aug, 2026 a las 11:00 hs
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El 17 de agosto de 1850, a las tres de la tarde, en la lejana ciudad costera de Boulogne-sur-Mer, Francia, se apagaba la vida del General José de San Martín. Lejos de la tierra que había liberado y rodeado únicamente por su hija Mercedes, su yerno Mariano Balcarce y sus nietas, el Libertador daba su último suspiro. Sin embargo, ese día no marcó un final, sino el inicio de un mito y de un legado que, a 176 años de distancia, sigue siendo la brújula ética y patriótica de la República Argentina y de toda la región.

Para comprender la magnitud de la figura sanmartiniana, es necesario despojarlo por un momento del bronce de las estatuas y observar al hombre de carne y hueso. San Martín no fue un conquistador sediento de gloria personal ni un caudillo en busca de perpetuarse en el poder. Fue, ante todo, un estratega brillante y un líder de profundas convicciones que entendió, antes que muchos, que la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata jamás estaría asegurada si el resto del continente seguía bajo el yugo realista.

Nacido en Yapeyú (actual provincia de Corrientes) en 1778, San Martín forjó su carácter militar en Europa, combatiendo para el ejército español contra las fuerzas napoleónicas. Sin embargo, al enterarse de los movimientos independentistas en su tierra natal, no dudó en abandonar una carrera militar prometedora en el Viejo Continente para ofrecer su espada a la causa americana. Su llegada a Buenos Aires en 1812 marcó un punto de inflexión definitivo en la Guerra de la Independencia.

Su obra cumbre, el Cruce de los Andes, es estudiada hasta el día de hoy en las academias militares de todo el mundo como una obra maestra de la estrategia y la logística. A lo largo de tres años, en el campamento del Plumerillo, en la provincia de Mendoza, San Martín organizó el Ejército de los Andes. No solo reclutó y entrenó soldados, sino que movilizó a toda una sociedad civil —hombres, mujeres, artesanos y esclavos libertos— en pos de un objetivo común.

En enero de 1817, más de 5.000 hombres cruzaron una de las cadenas montañosas más altas y hostiles del planeta. Venciendo la altura, el frío extremo y la falta de oxígeno, el ejército sanmartiniano cayó como un rayo sobre las fuerzas realistas en Chile, sellando la victoria en la Batalla de Chacabuco y, un año más tarde, la independencia definitiva del país trasandino en la llanura de Maipú.

Pero el plan continental de San Martín no terminaba en Santiago. Comprendiendo que el corazón del poder imperial en Sudamérica residía en Lima, organizó una ambiciosa flota para atacar por mar. En 1821, tras una brillante campaña naval y terrestre, ingresó a la capital del Virreinato del Perú y proclamó su independencia. Fue nombrado "Protector del Perú", un título que aceptó únicamente para garantizar el orden institucional, pero del cual se despojaría apenas consideró que su misión estrictamente militar había concluido.

Es precisamente en este punto donde la historia de San Martín se distingue de la de casi cualquier otro líder de su época. En julio de 1822, en la famosa y enigmática Entrevista de Guayaquil, se reunió con el otro gran libertador del continente, el venezolano Simón Bolívar. Consciente de que los egos y las divisiones de mando podían poner en riesgo la causa independentista, San Martín tomó una decisión que define su estatura moral: dio un paso al costado. Cedió a Bolívar la gloria de dar las estocadas finales al imperio español y se retiró de la vida pública. "La presencia de un militar afortunado es temible en los Estados de nueva creación", había advertido con lucidez.

Al regresar a Buenos Aires, se encontró con un país que comenzaba a desangrarse en guerras civiles entre unitarios y federales. Fiel a su principio inquebrantable de que "jamás desenvainaría su espada para derramar sangre de sus compatriotas", tomó la dolorosa decisión del exilio. Partió hacia Europa en 1824, llevando consigo a su pequeña hija Mercedes, quien a partir de la muerte de su esposa Remedios de Escalada, se convertiría en el centro absoluto de su vida.

En su retiro europeo, lejos de los honores, ignorado por muchos y muchas veces aquejado por problemas económicos y de salud, San Martín escribió las célebres "Máximas para mi hija". En esos breves preceptos (que instan a amar la verdad, ser caritativo, respetar la propiedad ajena, ser indulgente con los defectos de los demás y guardar un secreto) se resume la filosofía de vida de un hombre que valoraba la integridad moral por encima de cualquier victoria en el campo de batalla.

Hoy, al conmemorar un nuevo aniversario de su paso a la inmortalidad, la figura de José de San Martín nos interpela profundamente. En tiempos donde las sociedades buscan referentes de honestidad, sacrificio y visión de futuro, el Libertador nos recuerda que la verdadera grandeza no reside en el poder que se acumula, sino en lo que se está dispuesto a renunciar por el bien común. Su sable corvo no solo cortó las cadenas de la dominación extranjera; también dejó trazado el camino ético sobre el cual debe seguir construyéndose, día a día, el destino de nuestra nación.

Foto de Bruno Schenone

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