Cada 19 de septiembre, el calendario argentino se llena de acordeones, bandoneones y sapukáis. La jornada conmemora el fallecimiento, en 1974, de Mario del Tránsito Cocomarola, el bandoneonista y compositor conocido como "El Taita del Chamamé", y se consolidó como una de las fechas más sentidas del Litoral argentino.
La elección de la fecha no es casual. Cocomarola fue un autor prolífico, responsable de un repertorio que atraviesa generaciones y que tiene en "Kilómetro 11" a su pieza más emblemática, considerada el verdadero himno del género. Su obra, su técnica con el bandoneón y su capacidad para retratar la vida del hombre de campo lo convirtieron en un referente ineludible para las nuevas camadas de músicos.
El reconocimiento oficial tuvo etapas. La efeméride fue primero oficializada por la provincia de Corrientes y, en 2009, el Congreso de la Nación Argentina sancionó la Ley 26.558, que consagró la jornada a nivel nacional. El espaldarazo definitivo llegó en 2020, cuando la Unesco declaró al chamamé Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, un gesto que puso al género en el mapa global de las expresiones culturales protegidas.
El chamamé no nació de un solo tronco. Es el resultado de una mezcla cultural profunda: la cosmovisión y los instrumentos de la cultura guaraní se encontraron con las influencias traídas por los jesuitas y por los inmigrantes europeos, que aportaron el acordeón, el bandoneón y las guitarras. De ese cruce surgió un lenguaje musical propio, reconocible desde las primeras notas.
Ese lenguaje expresa, a la vez, la melancolía, la alegría y la devoción del hombre de campo. Es común el uso de la lengua guaraní o del "yopará", esa mezcla de guaraní con español que da a las letras una textura particular. Y hay un gesto que ningún oyente confunde: el sapukái, el grito visceral que irrumpe en medio de la ejecución y que funciona como la manifestación más pura de la emoción intensa.
Con el correr de las décadas, el chamamé dejó de ser solo un género bailable para convertirse en un marcador de identidad. Está en las fiestas familiares, en los festivales, en las academias donde los chicos aprenden los primeros pasos y en las noches de guitarreada donde el repertorio se repite sin cansancio. La vigencia de Cocomarola, a más de medio siglo de su muerte, se mide en eso: en la cantidad de intérpretes que siguen volviendo a sus canciones como a un texto fundacional.
La fecha, entonces, funciona como una excusa para celebrar y también para recordar. Para celebrar que un género nacido del encuentro entre mundos distintos logró trascender fronteras y llegar al reconocimiento internacional. Y para recordar que detrás de cada acordeón hay una historia de migraciones, de resistencias y de un sentimiento que se canta en dos idiomas a la vez.
Como sucede con toda música popular, el chamamé se reinventa cada vez que alguien lo toca. Pero su corazón sigue latiendo en el mismo lugar: en la memoria del Litoral y en la obra de quien, con justicia, es recordado como su máximo referente.

