Cada 16 de septiembre, las escuelas secundarias de todo el país detienen su rutina habitual para reflexionar sobre un acontecimiento que reconfiguró la historia contemporánea de la Argentina. Instituido formalmente como el Día de los Derechos del Estudiante Secundario, este aniversario trae al presente los trágicos hechos conocidos como "La Noche de los Lápices", ocurridos en 1976. Aquella operación sistemática, ejecutada por la última dictadura cívico-militar, no solo evidenció la brutalidad del terrorismo de Estado, sino que inmortalizó la convicción política de una generación de adolescentes que soñaba con transformar la realidad desde las aulas.
Durante los primeros días de septiembre de 1976, la ciudad de La Plata se convirtió en el escenario de una persecución feroz. Grupos de tareas de las fuerzas de seguridad secuestraron ilegalmente a un grupo de jóvenes estudiantes secundarios, en su mayoría militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y de la Juventud Secundaria Peronista, con edades que oscilaban entre los 16 y los 18 años.
Los operativos apuntaron directamente contra aquellos pibes y pibas que meses antes habían protagonizado protestas masivas en reclamo de reivindicaciones estudiantiles legítimas, siendo la más emblemática la obtención del boleto de colectivo estudiantil gratuito. Para los mandos militares, cualquier forma de organización colectiva, debate político o demanda social constituía una amenaza ideológica peligrosa que debía ser erradicada mediante la tortura, el centro Clandestino de detención y la desaparición forzada. De aquel grupo de jóvenes secuestrados la fatídica noche del 16 de septiembre y jornadas aledañas, seis continúan desaparecidos, mientras que unos pocos sobrevivieron tras padecer tormentos extremos en cautiverio.
Durante años, el silencio y el miedo intentaron sepultar el verdadero trasfondo de aquellos secuestros. Sin embargo, el pacto de impunidad comenzó a resquebrajarse gracias a los valiosos testimonios de los sobrevivientes —como el de Gustavo Calotti y Pablo Díaz— y a la incansable lucha de los organismos de derechos humanos y las familias.