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Efemérides

Memoria y vigencia: por qué cada 16 de septiembre se conmemora el Día de los Derechos del Estudiante Secundario

A casi cinco décadas de los operativos oscuros del terrorismo de Estado que marcaron a la juventud argentina, la fecha trasciende el calendario escolar para transformarse en un estandarte permanente de participación, soberanía democrática y defensa de las reivindicaciones juveniles.

La Plata UES Gustavo Calotti Pablo Díaz Estudiante Secundario
Foto de Bruno Schenone
Por Bruno Schenone
16 Sep, 2026 a las 17:00 hs
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Cada 16 de septiembre, las escuelas secundarias de todo el país detienen su rutina habitual para reflexionar sobre un acontecimiento que reconfiguró la historia contemporánea de la Argentina. Instituido formalmente como el Día de los Derechos del Estudiante Secundario, este aniversario trae al presente los trágicos hechos conocidos como "La Noche de los Lápices", ocurridos en 1976. Aquella operación sistemática, ejecutada por la última dictadura cívico-militar, no solo evidenció la brutalidad del terrorismo de Estado, sino que inmortalizó la convicción política de una generación de adolescentes que soñaba con transformar la realidad desde las aulas.

Durante los primeros días de septiembre de 1976, la ciudad de La Plata se convirtió en el escenario de una persecución feroz. Grupos de tareas de las fuerzas de seguridad secuestraron ilegalmente a un grupo de jóvenes estudiantes secundarios, en su mayoría militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y de la Juventud Secundaria Peronista, con edades que oscilaban entre los 16 y los 18 años.

Los operativos apuntaron directamente contra aquellos pibes y pibas que meses antes habían protagonizado protestas masivas en reclamo de reivindicaciones estudiantiles legítimas, siendo la más emblemática la obtención del boleto de colectivo estudiantil gratuito. Para los mandos militares, cualquier forma de organización colectiva, debate político o demanda social constituía una amenaza ideológica peligrosa que debía ser erradicada mediante la tortura, el centro Clandestino de detención y la desaparición forzada. De aquel grupo de jóvenes secuestrados la fatídica noche del 16 de septiembre y jornadas aledañas, seis continúan desaparecidos, mientras que unos pocos sobrevivieron tras padecer tormentos extremos en cautiverio.

Durante años, el silencio y el miedo intentaron sepultar el verdadero trasfondo de aquellos secuestros. Sin embargo, el pacto de impunidad comenzó a resquebrajarse gracias a los valiosos testimonios de los sobrevivientes —como el de Gustavo Calotti y Pablo Díaz— y a la incansable lucha de los organismos de derechos humanos y las familias.

La memoria social logró transformar el dolor en un símbolo de resistencia. Con el paso de las décadas, la conmemoración dejó de ser un mero recuerdo luctuoso para convertirse en una jornada activa dentro del sistema educativo nacional. El establecimiento legal de esta fecha representa un reconocimiento explícito del Estado a la labor política de los jóvenes y un recordatorio ineludible de que los derechos estudiantiles no son concesiones gratuitas, sino conquistas históricas construidas a través del compromiso y la solidaridad.

En la actualidad, el sentido de esta efeméride se proyecta fuertemente hacia el presente y el futuro. Los secundarios de hoy canalizan aquel legado a través de la conformación de centros de estudiantes, asambleas y espacios de debate horizontal donde se discute no solo la calidad educativa, sino también la equidad social, la perspectiva de género, el cuidado ambiental y la inclusión.

Lejos de la caricatura que despolitiza a la juventud, los estudiantes demuestran cotidianamente que la escuela es el primer eslabón de ejercicio ciudadano. La memoria de los jóvenes desaparecidos de La Plata reverdece cada vez que un grupo de alumnos se organiza para debatir, proponer mejoras en sus instituciones o alzar la voz frente a las injusticias.

A 50 años de aquellos años cenicientos, el 16 de septiembre funciona como un faro ético. Recordar a los estudiantes secundarios detenidos-desaparecidos implica asumir un pacto colectivo: consolidar una democracia firme donde la voz de las nuevas generaciones sea siempre escuchada, protegida y respetada como motor indispensable de una sociedad más justa.

Foto de Bruno Schenone

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