Pocas fechas condensan tanta carga simbólica como el 30 de octubre de 1983. Ese día, después de siete años de dictadura, millones de argentinos y argentinas volvieron a las urnas y ejercieron, sin prohibiciones ni proscripciones, el derecho que el terrorismo de Estado había intentado clausurar. La jornada no fue un trámite: fue el acto fundacional de la democracia que hoy seguimos habitando.
El resultado consagró a Raúl Alfonsín, candidato de la Unión Cívica Radical, junto a su compañero de fórmula Víctor Martínez, con el 51,75 por ciento de los sufragios. La elección marcó un hecho inédito en la historia política argentina: por primera vez el radicalismo se imponía al peronismo en comicios sin proscripciones, y lo hacía con una diferencia contundente frente a la fórmula justicialista encabezada por Ítalo Argentino Lúder y Deolindo Bittel. La participación fue masiva, cercana al 85 por ciento del padrón, una señal elocuente del deseo colectivo de recuperar la palabra y de dejar atrás el silencio impuesto.
El contexto era desgarrador. La dictadura dejaba un país atravesado por el dolor de las desapariciones, el exilio, la censura y una economía en crisis; la derrota en la Guerra de Malvinas, en 1982, había precipitado el derrumbe del poder militar y abierto una salida electoral que la sociedad abrazó con una madurez extraordinaria. Las campañas se desplegaron en las calles, en los sindicatos, en las universidades y en los clubes de barrio, con una militancia que recuperaba el orgullo de discutir ideas en público. Alfonsín cerró su campaña leyendo el preámbulo de la Constitución Nacional, un gesto que sintetizó el espíritu de una época: la política volvía a ser herramienta de transformación y no fuente de miedo.
Aquella elección no agotó la tarea democrática: la abrió. A partir del 10 de diciembre de 1983 se pusieron en marcha la investigación de los crímenes de la dictadura, la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas y el juicio a las juntas, decisiones que convirtieron a la Argentina en referencia internacional en materia de derechos humanos. Pero nada de eso habría sido posible sin el acto previo, elemental y decisivo, de votar.