El reelecto presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, transformó su discurso de triunfo en una promesa de gestión y se comprometió ante sus seguidores a conducir la administración más exitosa que haya conocido el país. "Quiero asumir un compromiso: voy a llevar a cabo el mejor mandato que un presidente haya tenido en la historia de Brasil. Pueden estar seguros de eso", afirmó el líder izquierdista tras su histórica victoria en las urnas, y pidió expresamente al público que no olvidara esas palabras.
El mandatario electo habló en un tono que combinó la celebración con la autoexigencia. Lejos de limitarse al agradecimiento protocolar, trazó un eje de gestión y anticipó cómo piensa administrar el tiempo que tiene por delante: "Voy a dedicar 20 o 24 horas al día para hacer de este el país con el que todos sueñan; uno donde la gente se duerma y se despierte con mucha tranquilidad", sostuvo.
La referencia a la tranquilidad no fue casual. En ese mismo pasaje de su alocución, Lula anunció que el Gobierno federal intervendrá directamente en la seguridad pública de los estados, con el objetivo declarado de devolverle al pueblo "la tranquilidad y la paz que necesita". Se trata de uno de los puntos más sensibles de la agenda brasileña, un terreno que hasta ahora administraban las administraciones estaduales y que el nuevo mandato busca reordenar con participación directa de la Nación.
El otro eje de su mensaje fue la edad. Lula cumplirá 81 años el próximo 27 de octubre y, a días de esa fecha, el dirigente descartó de plano que el paso del tiempo sea un obstáculo para el ejercicio del cargo. La respuesta apareció en el mismo discurso, entrelazada con la promesa de dedicación y con la idea de un país que recupere la calma cotidiana.
La trascendencia de ese punto excede las fronteras brasileñas. En Misiones, donde la vida cotidiana se mide también por lo que ocurre del otro lado de la línea, cada definición del nuevo gobierno tiene lectura inmediata: el vínculo comercial, el tránsito de personas y mercaderías, el humor de las economías de frontera y las decisiones que se toman en Brasilia forman parte de la agenda provincial desde hace décadas.
El discurso, además, fijó un parámetro de medición que el propio Lula se encargó de instalar. Al pedir que no se olvidaran sus palabras, dejó planteada una vara alta de expectativas para su gestión y una suerte de compromiso público que sus adversarios podrán esgrimir en el futuro. La promesa de "el mejor mandato de la historia" quedará, desde ahora, como el baremo contra el que se medirá cada decisión de su gobierno.
Con la victoria consumada y el respaldo de las urnas, el reelecto presidente brasileño entra en una etapa de definiciones: la letra chica de la intervención federal en materia de seguridad, la conformación de su equipo y el modo en que traducirá en hechos la promesa de un país con tranquilidad y paz. Lo que sigue, según su propio discurso, es cumplir.

