La figura del payador es, sin lugar a dudas, uno de los pilares fundamentales del patrimonio cultural y folclórico de la Argentina y la región rioplatense. Estos artistas, armados únicamente con una guitarra y un ingenio asombroso, son los herederos de una tradición oral que combina la música, la poesía y la improvisación en su forma más pura. Pero la conmemoración de este arte cada 23 de julio no es una fecha elegida al azar; representa el aniversario de un enfrentamiento poético legendario que transformó la disciplina para siempre.
Para entender la magnitud del Día del Payador, fecha instituida formalmente en la República Argentina en la década de 1990, es necesario viajar en el tiempo hasta 1884. En la localidad de Paysandú, en la vecina República Oriental del Uruguay, se congregó una multitud para presenciar un duelo de intelectos sin precedentes. Por un lado, se presentaba el célebre payador oriental Juan de Nava, y por el otro, el afroargentino Gabino Ezeiza, cariñosamente apodado el "Negro" Ezeiza. Aquel encuentro, que duró horas, se convirtió en el arquetipo indiscutido del "contrapunto", un formato de desafío donde un payador lanza una estrofa con una pregunta o provocación, y su contrincante debe responderla sobre la marcha, respetando celosamente la métrica, la rima y la melodía.
La figura de Gabino Ezeiza es insoslayable en la construcción de esta historia. Nacido en Buenos Aires en 1858, Ezeiza fue quien popularizó el formato del contrapunto a dúo, sacándolo de la intimidad de las pulperías y los fogones rurales para llevarlo a los teatros y grandes circos de la época. Su capacidad para repentizar (improvisar versos de manera inmediata) era considerada un don casi sobrenatural. Durante aquel célebre duelo en Paysandú, Gabino improvisó la canción "Heroico Paysandú", que terminó de consagrarlo ante el público local y lo llevó a la victoria frente a De Nava. Ezeiza no solo profesionalizó el arte de la payada, sino que también integró temáticas sociales y políticas, demostrando que el cantor era la verdadera voz del pueblo.
El arte del contrapunto exige una destreza mental extraordinaria. Generalmente estructurado en décimas espinelas o cuartetas, el payador debe tejer sus versos octosílabos en milésimas de segundo, anticipando su respuesta lógica mientras su contrincante aún está terminando de cantar. Es un verdadero ejercicio de ajedrez lingüístico donde la agudeza, el vocabulario, la fina ironía y el conocimiento general son las armas principales. A través de este diálogo cantado, los gauchos exploraban temas existenciales, el amor, los dolores de la patria, el trabajo rural y el sentido de la vida.
Hoy, a más de un siglo de aquel acontecimiento, el espíritu del payador sigue sorprendentemente vivo. Resulta fascinante observar cómo esta disciplina ha encontrado un eco inesperado en las nuevas generaciones. Muchos sociólogos, músicos y expertos en cultura trazan una línea evolutiva directa entre aquellos duelos de guitarra de fines del siglo XIX y las actuales batallas de freestyle y rap que llenan estadios enteros. En ambos casos, el corazón del arte reside en el mismo lugar: el poder transformador de la palabra improvisada y el respeto profundo por el adversario.
Celebrar el Día del Payador cada 23 de julio es, en definitiva, mantener encendida la llama de nuestra identidad criolla. Es un recordatorio palpable de que, mucho antes de la hiperconexión digital moderna, las historias, los grandes debates y las noticias viajaban en los acordes de una guitarra criolla y en la mente veloz de aquellos hombres que, frente a frente, transformaron la llanura en un escenario eterno de la poesía.

