Como cada primer día de agosto, el aroma particular de la ruda macerada en caña vuelve a ser protagonista en incontables hogares y puestos de venta en toda la región del Nordeste Argentino. La ancestral costumbre de beber tres sorbos de esta infusión, en ayunas, se renueva con la firme convicción de que alejará las enfermedades y atraerá salud, prosperidad y buena fortuna para los próximos doce meses.
Esta práctica, que hunde sus raíces en tradiciones guaraníticas y europeas fusionadas a lo largo de generaciones, trasciende lo meramente festivo para adentrarse en el terreno de la creencia popular y la medicina tradicional. La ruda, planta reconocida desde tiempos inmemoriales por sus múltiples propiedades medicinales, se convierte en la estrella indiscutible de este ritual. Sus hojas, cargadas de aceites esenciales, son maceradas pacientemente en caña blanca, a menudo durante varias semanas previas a la fecha señalada.
Los promotores de la costumbre aseguran que la combinación de la caña, asociada a la energía y el espíritu, con las bondades desintoxicantes y protectoras de la ruda, crea un brebaje potente para el cuerpo y el espíritu. Se dice que no solo fortalece las defensas naturales del organismo, sino que también actúa como un escudo espiritual contra las malas vibras y las adversidades.
En los mercados y ferias de artesanías que proliferan en esta época, los puestos dedicados a la venta de caña con ruda se multiplican. Desde botellas caseras presentadas con esmero hasta elaboraciones más comerciales, la oferta es variada. Los vendedores, muchos de ellos con años de experiencia transmitiendo esta tradición familiar, explican con devoción los pormenores de su preparación y los beneficios que, según sus relatos, la infusión otorga.