La memoria de las primeras épocas en las colonias de Capiovísiño y Oro Verde cobra vida a través de un valioso recuerdo compartido por Jorge Núñez. Su familia, arraigada en esta tierra, es protagonista de una historia que, aunque publicada hace casi un cuarto de siglo, resuena con una fuerza particular en estos tiempos. Se trata del testimonio de sus abuelos, Agustín Núñez y Agustina Núñez, quienes no solo fueron testigos sino artífices del desarrollo inicial de estas zonas.
En el año 2001, un diario local se hizo eco de su vida bajo el elocuente título “El trabajo rural es su vida”. La nota, publicada el miércoles 13 de junio de ese año, nos transporta a la esencia de una época marcada por la sencillez, el sacrificio y una profunda conexión con la tierra. Agustín Núñez, con la vitalidad que lo caracterizó a pesar de sus 94 años en ese entonces, compartía cómo llegó a estas tierras misioneras a los 17 años, huyendo de las turbulencias de la década del 20 en su Paraguay natal. Villa Rica fue su lugar de origen, pero Misiones se convirtió en su hogar y su destino.
A lo largo de su juventud y adultez temprana, Agustín recorrió la provincia, desempeñándose en diversas labores del monte: rozados, cosechas de yerba y carpidas. Cada una de estas tareas formaba parte de un mosaico de experiencias que forjaron el carácter de los inmigrantes que buscaban un futuro mejor en estas latitudes. Fue en Gisela, una localidad cercana a Jardín América, donde el destino lo unió en matrimonio con Agustina Ramírez, también paraguaya, en 1937. Desde entonces, se volvieron inseparables, construyendo un hogar que, para octubre de aquel 2001, celebraría casi 64 años de unión. El fruto de este amor se multiplicó en una prole de 16 hijos, más de 50 nietos y una innumerable cantidad de bisnietos que hoy continúan su legado.
Su morada, una humilde vivienda en Oro Verde, a escasos kilómetros de la transitada ruta 12, era el epicentro de una vida dedicada al campo. Una pequeña chacra sustentaba sus necesidades básicas: una vaca lechera, cuya leche Agustina ordeñaba religiosamente cada día; una plantación de mandioca y maíz para autoconsumo; y un pequeño grupo de gallinas y cerdos que completaban su sustento. Agustín, a pesar de los achaques propios de la edad, no abandonaba las faenas del campo, buscando leña, acarreando mandioca y alimentando a las aves. Agustina, con la misma dedicación, se ocupaba del hogar, del ordeñe, del cuidado de las plantas y de la cocina.
Los recuerdos de Agustín y Agustina se anclaban en las “buenas épocas cuando la yerba valía”. Relataban cómo sus casi cinco hectáreas, que en su apogeo podían producir hasta 30 mil kilos, hoy apenas superaban los 10 mil, una cifra que, traducida en dinero, resultaba insuficiente para vivir. La falta de cuidado, la caída de los precios y los bajos rendimientos habían mermado significativamente su principal fuente de ingresos. “De no ser por la permanente ayuda de nuestros hijos que nos dan una gran mano, no seguiríamos en la lucha, ya que no contamos con jubilación ni pensión alguna”, confesaba Agustín, destacando el apoyo incondicional de su familia, especialmente de uno de sus hijos residente en Capioví, quien se encargaba de las visitas médicas.
La casa, modesta pero acogedora, contaba con una habitación principal, una cocina comedor y una galería que servía como espacio de descanso en los días de calor y como recibidor de visitas. Rosa, la mayor de sus hijas, con 62 años y viuda, vivía cerca y se dedicaba a proveer para su propia familia y para sus padres. María, la menor con 33 años, residía en San Vicente, mientras que otros hijos se encontraban en Puerto Rico, Buenos Aires y otras localidades. La vida, si bien no les había legado grandes fortunas, les había concedido una numerosa familia y, sobre todo, salud. Negándose a abandonar su chacra, Agustín y Agustina reafirmaban que su vida estaba allí, en el contacto diario con la tierra, los animales y la rutina del trabajo rural que los había definido durante toda su existencia.

