El telón de la historia se abrió en 1920, descorriendo el velo verde de la selva misionera para dar paso a un nuevo capítulo: la colonización. Impulsada por la Compañía Colonizadora del Alto Paraná, una picada se abrió camino, conectando Puerto Rico con un punto neurálgico que hoy une la Ruta Nacional 12 con la calle del colegio en Capioví. De este tronco principal, ramificaciones se extendían hacia San Gotardo y Cuñapirú, invitando a las primeras familias a sembrar sus sueños en estas tierras.
La infraestructura inicial, pensada para recibir y asistir a los recién llegados, consistió en una Casa de Inmigrantes. Este edificio, que a la vez cumplía la función de proveeduría, se erigió en el mismo sitio donde, décadas más tarde, residiría Donatus Ely. Junto a esta estructura de madera, austera y funcional, se levantó una vivienda modesta, destinada a albergar a quienes se convertirían en los primeros habitantes permanentes de lo que hoy conocemos como Capioví.
La familia pionera que encendió esta primera luz fue la de Enrique Graef y María Luisa Groth. Provenientes de Venancio Aires, Brasil, llegaron acompañados por sus hijos Enrique y María. Tras desembarcar en Puerto San Alberto en aquel año fundacional, la responsabilidad recayó sobre Enrique Graef: atender la proveeduría y brindar soporte a las familias que, con paso firme, comenzaban a poblar la región.
Si bien la fecha precisa de su asentamiento en Capioví es esquiva, la evidencia sugiere que ocurrió con posterioridad a junio de 1920. Sin embargo, un hito imborrable quedó registrado para la posteridad: el 31 de diciembre de ese mismo año, vio la luz Aluisius Graef, quien ostenta el honor de ser el primer niño nacido en Capioví.
Una fotografía de época, testigo silencioso de aquellos años, inmortaliza a la familia Graef. En su centro, sentados, se encuentran Enrique Graef y María Luisa Groth, flanqueados por sus hijos: el mayor, Enrique; la hija María; y el recién nacido Aluisius. Los demás hermanos nacerían más adelante, cuando la vida de la familia ya se había desplazado, primero hacia Cuñapirú y luego a San Alberto.
Más de cien años después, aquella imagen trasciende el mero retrato familiar. Se ha transformado en un poderoso testimonio de aquellos valientes que, con su arrojo y esfuerzo, ayudaron a convertir un rincón de monte en el vibrante hogar que hoy identifica a esta porción de nuestra querida Misiones.

