En los últimos años, el relato oficial se ha esmerado en construir una narrativa de una Misiones futurista, una especie de oasis tecnológico y de innovación que busca posicionarse como la vanguardia del país. Se habla de "polos", de "economía del conocimiento" y de inversiones millonarias en infraestructuras digitales que, en los papeles, suenan envidiables. Sin embargo, para el vecino que camina nuestras calles en el interior, esa narrativa empieza a sonar tan vacía y ajena como aquel histórico intercambio de espejitos de colores. Detrás de la cortina de humo de los grandes anuncios, lo que queda es una realidad de tierra colorada, privaciones y un cansancio social que la política parece haber decidido ignorar desde sus despachos climatizados.
Hoy asistimos a una contradicción que no solo preocupa, sino que indigna por su falta de sensibilidad. En nuestras localidades, vemos con asombro cómo se destinan fondos públicos a obras ornamentales, remodelaciones de fachadas institucionales y embellecimientos de centros cívicos que nadie pidió, mientras que a pocas cuadras de los centros iluminados el panorama es desolador. Es la política del maquillaje: se prioriza lo que se ve desde la ventana de la municipalidad o lo que luce bien en un posteo de redes sociales, pero se da la espalda a las necesidades básicas que definen la dignidad de una familia.
La realidad es que, mientras se cortan cintas de proyectos que parecen sacados de otra latitud, hay miles de misioneros que conviven con una precariedad que atrasa décadas. Barrios enteros que sufren cortes de luz constantes ante el primer pico de calor, redes de agua potable inexistentes y caminos que, con la primera lluvia, se transforman en trampas de barro imposibles de transitar. Es el contraste obsceno entre el "Silicon misionero" y el vecino que queda aislado en su propio barrio porque la infraestructura básica es una deuda que nunca se cancela. No se puede hablar de progreso real cuando el asfalto llega solo hasta donde llega la vista del funcionario de turno.
A este panorama de desidia estructural se le suma un golpe de gracia: el hambre y la asfixia económica. Mientras un pequeño grupo vinculado al poder o a sectores privilegiados parece "pasarla bomba", la gran mayoría de la población está inmersa en una lucha desesperada por la supervivencia. El sueldo del trabajador, del colono que sostiene la producción y del pequeño comerciante se pulveriza frente a una inflación que no da tregua, agravada por un costo de vida local que está tasado para una economía que no es la nuestra. Llegar a fin de mes ya no es una meta, es un milagro que requiere una ingeniería diaria que agota y desmoraliza.
La política misionera debe dejar de ofrecer espejitos de colores y empezar a mirar el suelo que pisa. El progreso no es un edificio moderno, un polo tecnológico que no le cambia la vida a nadie o una plaza nueva frente al palacio municipal. El progreso real es que el vecino tenga energía eléctrica confiable, que no tenga que embarrarse para ir a trabajar y que pueda llenar la heladera con el fruto de su esfuerzo. Seguir alimentando un relato de opulencia estética mientras el interior se desangra económicamente y carece de lo elemental es, además de un error estratégico, una falta de respeto a la dignidad de quienes realmente sostienen el motor de esta provincia. Es hora de bajar a la tierra, porque el brillo de la pantalla no alcanza para tapar la oscuridad de un barrio sin luz ni el vacío de una mesa sin pan.

