La vida comunitaria en Puerto Rico ha sido sacudida en los últimos días por la sensible partida de dos figuras de profunda relevancia espiritual y social. Las redes sociales, espejos de nuestro sentir colectivo, se poblaron de mensajes de pesar y recuerdos sentidos ante el fallecimiento de quienes, desde distintos ámbitos de la fe, supieron guiar y acompañar a generaciones de misioneros.
El 19 de mayo pasado, la comunidad del Centro Cristiano Cristo Rey se vio conmocionada por el adiós al Pastor Ernesto Samuel Seiler. Su llegada a la provincia en 1972 marcó el inicio de una labor incansable que culminó con la inauguración del templo de su congregación y el establecimiento de una estructura eclesiástica sólida. A pesar del arraigado predominio católico en nuestra tierra, el Pastor Seiler supo ganarse el aprecio y respeto de todos los vecinos por su trato afable, su espíritu solidario y su profunda humanidad. La repercusión que generó su partida, con innumerables muestras de pesar, es fiel testimonio de la huella que dejó en el tejido social de Puerto Rico.
Sus fieles lo recuerdan con emotivas palabras: "Entregó su vida al servicio de Dios y de su iglesia, pastoreando con amor, fidelidad, sabiduría y entrega incansable. Su vida dejó huellas imborrables en generaciones enteras que fueron alcanzadas por su consejo, sus oraciones, su ejemplo y su corazón de padre espiritual." Estas palabras resumen la dedicación y el legado de un hombre que trascendió las barreras religiosas para convertirse en un referente moral y espiritual para muchos.
Apenas unos días después, el 28 de mayo, la Parroquia San Alberto Magno y la comunidad en general lamentaron el deceso del Diácono Alberto Reis, un hombre cuya trayectoria estuvo marcada por el servicio y la dedicación. Nacido en Cuña Piru en 1935, su formación espiritual comenzó temprano, pasando por los seminarios de Azara y Pilar. Una enfermedad infecciosa, la erisipela, marcó un punto de inflexión en su camino, impidiendo su regreso al seminario. Sin embargo, su vocación de servicio no mermó. Se casó con Érica Norma Vier, con quien tuvo cuatro hijos, incluyendo a Juan Fernando, quien hoy sigue sus pasos como sacerdote.
Alberto Reis forjó una vida dedicada al servicio, incluso desde el ámbito profesional, trabajando en el Banco Nación y luego en el Banco Martens. Su nombramiento como Juez de Paz de Puerto Rico, función que desempeñó con probada rectitud durante 35 años, lo enfrentó a las realidades más crudas de la condición humana. Desde esa posición, siempre buscó soluciones dignas para conflictos familiares, vecinales y las innumerables miserias que presenció. Sin embargo, es en su labor como diácono donde su figura se agiganta. Fue uno de los pioneros de la Escuela de Diaconado "San Efrén" y asumió con entrega las tareas pastorales, especialmente el acompañamiento espiritual y el consuelo a quienes se encontraban en el tramo final de sus vidas.
La huella que tanto el Pastor Seiler como el Diácono Reis han dejado en Puerto Rico es profunda y perdurará más allá de su tiempo terrenal. Ambos, desde sus distintas facetas y ministerios, supieron cultivar valores de fe, esperanza y amor al prójimo, pilares fundamentales para el desarrollo de una comunidad que hoy los honra y los despide con el corazón lleno de gratitud.

