Un llamado a la autenticidad en la crianza adolescente
En un mundo cada vez más acelerado y digitalizado, la forma en que nos comunicamos con nuestros adolescentes está siendo puesta en tela de juicio. Expertos en el campo de la educación y el desarrollo juvenil señalan la urgente necesidad de trascender las conversaciones superficiales y adoptar un enfoque basado en la conexión emocional y el reconocimiento del mundo interior de los jóvenes.
La premisa fundamental es clara: al hablar con un adolescente, debemos hacerlo desde nuestro propio ser, compartiendo nuestro mundo de significados, no desde una postura de conocimiento acabado o erudito. La verdadera enseñanza reside en el acto de vincularse, de conectar con otro ser desde el alma. Se trata de cultivar la empatía, la escucha activa, la capacidad de sentir y acompañar, y a la vez, de sentirse escuchado, comprendido y apoyado.
Cuando se habla de emociones, se les da un espacio para que los adolescentes las registren, las comprendan y, crucialmente, puedan poner nombre a experiencias que a menudo viven sin poder identificar. La capacidad de nombrar y verbalizar lo que sentimos es un paso fundamental para ordenar y clasificar nuestras vivencias internas. Esto, según los especialistas, puede ser la clave para evitar la desregulación emocional y la recurrencia a conductas destructivas como el corte, la automedicación o la desesperación extrema, producto de la desconexión con uno mismo.
La propuesta es clara: enseñar a los adolescentes a dialogar, a vincularse en el plano de lo real. Se les invita a escuchar sus propuestas, sus visiones sobre la vida, el amor, el desamor, el dolor y lo cotidiano. En lugar de centrarse en interrogantes meramente académicos o de rendimiento, como "¿Qué sacaste en la escuela?" o "¿Cómo te fue?", se propone abrir la puerta a un diálogo más profundo.
Al preguntarles cómo se sienten, qué les pasa, qué les preocupa, se les otorga la oportunidad de desplegar su mundo interior, un universo de riqueza que puede ser descubierto y valorado por los adultos. Este tipo de intercambio permite conocer al adolescente en su esencia: cómo siente, cómo piensa. El resultado es un vínculo más genuino y real.
La invitación final es a la autenticidad: no intentar tener respuestas acabadas, sino mostrarse tal cual uno es. Permitir que el adolescente nos vea, nos conozca en nuestra vulnerabilidad y en nuestra humanidad. Dejar que la conexión florezca desde la honestidad y la apertura mutua, fortaleciendo así los lazos y promoviendo un desarrollo emocional saludable en esta etapa crucial de la vida.
Este texto no hubiera sido posible sin la sabiduría de mi gran amiga, la Lic. Claudia Amuchastegui, por sus aportes y por brindarme las palabras justas para ordenar este sentir.-
Claudia Amuchastegui Licenciada en Psicologia, MP. 0488, MN 541024885758, @claudiaamuchastegui