Hay objetos que parecen insignificantes hasta que se los mira con la distancia del tiempo. Una cabina telefónica es, hoy, casi una pieza de museo. Pero hubo una época en la que ese aparato era la única puerta posible hacia el resto del mundo para todo un pueblo. Y en Capioví, esa puerta se abrió por primera vez el 29 de octubre de 1964.
El responsable de aquella novedad fue Don Antonio Vogt, quien estaba al frente del servicio de Correos. Fue él quien quedó a cargo de una instalación que, sin grandilocuencia, comenzaba a cambiar la manera de comunicarse de los capiovicenses. Porque hasta ese año, las líneas telefónicas llegaban solamente hasta Santo Pipó. Desde allí, la red avanzó hacia Puerto Iguazú, y Capioví quedó entre las primeras localidades de la zona conectadas al sistema, junto con Puerto Rico, Eldorado e Iguazú. Más tarde se sumarían Jardín América, Montecarlo y Ruiz de Montoya, entre otras.
En marzo de 1965 la cabina quedó habilitada en el propio domicilio de Vogt, quien se encargaba personalmente de atenderla. El horario era extenso: de 7:00 a 20:00, todos los días, incluidos domingos y feriados. Una disponibilidad que hoy parece excesiva para cualquier trabajador, pero que entonces era la única forma de sostener un servicio esencial.
El trabajo era prácticamente ad honorem. Vogt no percibía un sueldo y recibía como retribución solamente un porcentaje de lo recaudado. El movimiento permite imaginar lo diferente que era aquella realidad: había jornadas con apenas una llamada y, en los mejores días, podían registrarse unas cinco. Números que, leídos con los parámetros actuales, resultan casi incomprensibles.
Y llamar por teléfono no significaba levantar el tubo y comunicarse inmediatamente. Para establecer una comunicación con Posadas se podía esperar hasta 30 minutos. Si el destino era Buenos Aires, Rosario, Santa Fe u otra ciudad distante, la demora llegaba a una hora o incluso más. Entre quienes vivieron aquella época quedó grabada una expresión que hoy parece pertenecer a otro mundo: “llamada condicional”. Significaba esperar. A veces horas. En determinadas circunstancias, incluso días, hasta que finalmente pudiera establecerse la comunicación solicitada.
En 1969, debido a la escasa retribución económica, Antonio Vogt dejó la atención del servicio. La cabina fue trasladada entonces al edificio de la Municipalidad de Capioví. Alberto Nobs, interventor del Ente Municipal en aquel momento, intervino para evitar que el pueblo perdiera el servicio. La atención fue confiada inicialmente a Carlos González, quien permaneció poco tiempo debido a la incompatibilidad con su trabajo como empleado provincial. Posteriormente se hizo cargo Ana Träsel de González, nacida en Capioví el 24 de noviembre de 1940, quien continuó trabajando bajo condiciones similares y cumpliendo el mismo extenso horario, incluidos domingos y feriados.
Alrededor de 1969-1970, ENTEL instaló en el edificio municipal un conmutador manual. Se trataba de un tablero desde el cual la telefonista establecía físicamente cada comunicación. Para llamar había que solicitar primero la conexión a la operadora. Ana cumplió durante años ese papel fundamental, acompañada también por sus hijas Alicia y Mónica González. Capioví llegó a contar con alrededor de 50 abonados mediante aquel sistema, hasta que el viejo conmutador fue finalmente reemplazado por una central automática.
Ana recordaba especialmente las épocas de mayor movimiento. Una de ellas ocurrió durante los trabajos de asfaltado de la Ruta Nacional Nº 12, cuando los empleados de la firma Polledo utilizaban frecuentemente el servicio. Otra llegó con la construcción y puesta en marcha de Papel Misionero. Muchos trabajadores acudían a la única cabina disponible, ya que cuando la fábrica fue inaugurada, en diciembre de 1975, todavía no contaba con teléfono.
La imagen que acompaña esta historia es especialmente valiosa porque permite observar cómo era aquel servicio desde adentro. Ana Träsel de González aparece sentada frente al equipo, con el auricular en la mano y concentrada en una comunicación. No se ve un teléfono doméstico común: sobre la pequeña mesa se distingue el equipo utilizado para gestionar las comunicaciones, con controles en su frente y el auricular conectado mediante un largo cable espiralado. También llama la atención la austeridad del lugar. Una mesa sencilla, una silla de madera, el equipo telefónico y prácticamente nada más. No había una gran central ni una oficina llena de tecnología: detrás de las comunicaciones de todo un pueblo había una persona sentada frente a aquel aparato.
La fotografía muestra además algo que los números no pueden contar. Para muchos capiovicenses, aquella voz que atendía y decía que había que esperar una comunicación era el único vínculo posible, en ese momento, con un familiar que estaba en Posadas, Buenos Aires o a cientos de kilómetros de distancia.
Hoy llevamos un teléfono en el bolsillo y podemos comunicarnos con cualquier lugar del mundo en segundos. Hace poco más de medio siglo, en Capioví, una llamada podía convertirse en el acontecimiento del día.

