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Salud • Por Vanesa Ruiz Díaz • 14 Apr, 2026

“Ataque de pánico: la respuesta del cuerpo ante un malestar que grita”

El Licenciado Julio Arriola, psicólogo especializado en salud mental adolescente, reflexiona sobre los ataques de pánico como un síntoma que expresa aquello que no pudo ser dicho y señala la urgencia de habilitar espacios de escucha en las escuelas frente a un malestar que necesita ser abordado.

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En tiempos en los que la información abunda y, lo que es aún más grave, abruma, las emociones suelen quedar relegadas a un segundo plano. En este contexto, la adolescencia se presenta como un proceso vital de transformación y búsqueda de identidad que requiere de tiempo, cuidado y acompañamiento. Sin embargo, este camino se ve hoy condicionado por una necesidad de aprobación constante y por presiones sociales que dejan poco margen para lo que cada uno tiene para decir. Es aquí, donde el rol de las familias e instituciones se vuelve determinante, ya que, cuando el entorno no logra resguardar ese desarrollo, los jóvenes se encuentran sin un lugar seguro para la expresión por lo que los cuadros de ansiedad y los ataques de pánico irrumpen como una crisis física que esconden tras de sí una trama de silencios acumulados en una sociedad que rara vez se detiene a escuchar.

Frente a este escenario, el Licenciado Julio Arriola propone abordar el ataque de pánico más allá de las definiciones técnicas. En la cultura actual, el profesional prefiere definirlo como una "obra de arte". Desde su perspectiva, entiende que el síntoma es una respuesta que advierte que algo no está funcionando bien y es un recurso que encuentran el psiquismo para manifestar a través del cuerpo un malestar que no logra expresarse de otro modo. Por ello, sostiene que la alternativa es escuchar ese mensaje: “La cuestión es cuánto tiempo y espacio tenemos para escuchar ese mensaje, y cuánto nos ofrecen las instituciones para darle lugar a lo que se expresa a través del cuerpo”.

Para Arriola, la aparición de estos ataques evidencia que las formas previas de enfrentar la angustia han colapsado. No se trata de un evento azaroso, sino de una acumulación donde el origen es interior. Al no haber un objeto externo del cual defenderse, el ataque resulta desbordante. Por eso, el trabajo clínico consiste, en vincular ese malestar con su origen, algo complejo en una sociedad que el especialista califica como “bastante obscena”, ya que no permite el espacio para la tristeza ni la angustia y frente a esto señala que: “La tristeza, en muchos casos, es lo más sano que nos puede pasar”.

Respecto a la manera de abordarlos, advierte que suelen ser "momentos invisibles", lo que otorga a las escuelas un rol fundamental. Según su experiencia, Arriola dice que: “los adolescentes piden espacios para expresarse fuera de la currícula habitual. Lloran, se angustian, pero se alivian. El llanto alivia, la tristeza alivia, decir lo que nos pasa alivia. Es doloroso, sí, pero alivia” y por esta razón destaca la importancia de habilitar la palabra en las instituciones. Sobre el trabajo terapéutico, menciona que el mecanismo del pánico es el mismo en todas las edades, aunque lo que angustia a cada uno sea singular. En este sentido, recomienda un tratamiento combinado entre la terapia psicológica y el abordaje psiquiátrico, en los casos en los que la crisis impida sostener vínculos o actividades cotidianas, ya que “la medicación no funciona por sí sola”, explica y “tampoco lo hacen, en ocasiones, la palabra o los dispositivos artísticos, por eso siempre se piensa en un tratamiento interdisciplinario”.

Finalmente, el profesional destaca la necesidad de innovar en los dispositivos institucionales para dar respuesta a realidades cada vez más críticas. Recordando su labor en González Catán, relata cómo su equipo de trabajo debió salirse de los consultorios clásicos para acompañar situaciones de vulnerabilidad entre los jóvenes y cuanta que: “gracias a esos nuevos espacios, comprendimos que el malestar no siempre se puede alojar en soledad y fue así que nacieron los talleres de cine comunitario, grupos literarios, encuentros de teatro, en donde, los adolescentes podían guionar, filmar, representar y escribir sus propias historias y encontrar un alivio que el formato individual no alcanzaba a cubrir”.

Para Arriola, el camino hacia la salud mental es una construcción colectiva y el ataque de pánico es un síntoma que obliga a mirar lo que se ha descuidado. El gran desafío es no dejar a nadie solo, sino construir una trama, un lazo lo suficientemente fuerte donde el dolor pueda transformarse en algo distinto y, de esta manera, la palabra y la escucha permitan, finalmente, volver a habitar el propio cuerpo.

Julio Arriola: Licenciado en psicología clínica. Secretaría de Salud Pública, Municipio de La Matanza, Buenos Aires, Argentina.

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Escrito por Vanesa Ruiz Díaz

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